El Gran Ferrocarril del Tachira
Monólogo: El Gran Ferrocarril de la Historia. Louisville Kentucky USA, 5 de julio de 2026. Dr. Cruz Yayes Barco Yayes Sexología Política Colaborativa Glocal.
Estacion La FriaEscucho el silbato del Gran Ferrocarril del Táchira y siento que no solamente parte una locomotora. Parte también mi memoria. Desde La Fría, la máquina comienza a devorar lentamente la distancia rumbo a Encontrados, mientras el hierro abraza la montaña y la selva se abre como si la naturaleza quisiera saludar el nacimiento de una nueva época. Los campesinos levantan sus manos; los arrieros continúan guiando sus recuas; entre el ganado aparecen venados y lapas que observan, sorprendidos, cómo el progreso intenta dialogar con la creación.
En esos años finales del siglo XIX, el Táchira olía a café y cacao.
Aquellos granos eran mucho más que mercancías: eran trabajo, familia, esperanza
y apertura al mundo. Cada vagón transportaba también los sueños de miles de
venezolanos que construían nación desde la frontera andina.
Pero mientras el ferrocarril unía
pueblos, otro camino comenzaba a abrirse silenciosamente. En la Hacienda La
Petrolia brotaba el petróleo, aquella riqueza que décadas después Juan Pablo
Pérez Alfonzo llamaría «el excremento del diablo», expresión que más tarde Hugo
Chávez reinterpretaría para advertir sobre «el diablo del excremento»,
recordándonos que ninguna riqueza puede sustituir la inteligencia, la ética ni
el trabajo creador de un pueblo.
Cinco años después de 1896, el 23
de mayo de 1899, desde San Antonio del Táchira avanzaría la Revolución Liberal
Restauradora encabezada por el antiguo seminarista Cipriano Castro. Otra
locomotora, esta vez política, comenzaba a recorrer los rieles de la historia
venezolana. Los trenes, las revoluciones y los pueblos tienen algo en común:
jamás permanecen inmóviles. Siempre avanzan hacia una estación desconocida.
Y mientras contemplo esos vagones
cruzando la selva tachirense, pienso también en otro escenario donde millones
de personas contienen la respiración: un estadio de fútbol. Porque el deporte
también posee sus locomotoras. Un balón puede recorrer un continente entero con
la misma fuerza simbólica con la que un tren atraviesa montañas. En una cancha
se enfrentan estrategias, voluntades y sueños colectivos. Allí un pase preciso
vale tanto como una decisión política acertada; un gol limpio emociona como una
obra de arte; una derrota enseña más que muchos discursos.
Por eso la imagen de Diego Armando
Maradona permanece grabada en la memoria latinoamericana: la célebre «mano de
Dios», el gol imposible y, años después, su presencia en las calles de Mar del
Plata durante la histórica oposición al ALCA. Para unos fue un deportista; para
otros, una voz política; para todos, un protagonista de la cultura popular de
América Latina.
La historia, el arte y el deporte
nunca viajan separados.
Por eso agradezco estas pequeñas píldoras de
historia compartidas desde La Fría por Homero Parra y
enriquecidas con la magnífica producción artística de Albert Silva
Bustamante. No son solamente recuerdos del Gran Ferrocarril del
Táchira. Son vagones cargados de identidad que nos invitan a comprender que un
pueblo sin memoria termina perdiendo el rumbo de sus propios rieles.
Hoy la gran locomotora ya no es únicamente de
hierro. También está hecha de conocimiento, cultura, ciencia, tecnología e
inteligencia colectiva. Sus rieles atraviesan continentes mediante las redes
digitales y la inteligencia artificial. Dependerá de nosotros decidir hacia
dónde conducir ese tren: si hacia la confrontación permanente o hacia una
estación donde el progreso, la libertad, la justicia, la cooperación y la
dignidad humana viajen finalmente en el mismo vagón.
Y mientras el Gran Ferrocarril del
Táchira sigue recorriendo nuestra memoria, hoy otro tren necesita ponerse en
marcha: el tren de la solidaridad. Así como aquellos vagones transportaban
café, cacao, trabajo y esperanza desde los Andes venezolanos, hoy millones de
corazones pueden transportar alimentos, medicinas, agua, herramientas, recursos
económicos y, sobre todo, esperanza para quienes sufren las consecuencias de
esta tragedia.
La historia nos enseña que las
grandes obras nunca fueron construidas por una sola persona. Un ferrocarril
necesita rieles, locomotoras, ingenieros, obreros, campesinos, comerciantes y
viajeros. De la misma manera, la reconstrucción de una nación necesita la
participación de todos. Por eso hago un llamado fraterno a continuar
fortaleciendo las campañas de donación en todo el mundo. Cada ciudad puede
convertirse en una estación de solidaridad. Cada familia puede aportar algo.
Cada comunidad puede demostrar que la compasión también cruza fronteras.
Desde Louisville, Kentucky,
donde hoy vivo como inmigrante venezolano-colombiano, espero con esperanza la
información oficial de una querida empresaria venezolana, propietaria de un
excelente restaurante de comida venezolana, con quien me une una cordial
relación nacida alrededor de sus inolvidables empanadas. Confío en que muy
pronto dará a conocer una iniciativa solidaria que permita canalizar el deseo
de ayudar de tantos hermanos de esta comunidad.
Cuando esa convocatoria se haga pública, será una nueva oportunidad para demostrar que la gastronomía también puede alimentar la fraternidad y que una mesa compartida puede convertirse en un puente entre quienes hoy tienen la posibilidad de dar y quienes necesitan recibir. Las tragedias naturales no preguntan por ideologías, partidos, religiones ni nacionalidades. El dolor humano tiene un solo idioma y la solidaridad también. Que el mundo entero siga donando. Que cada ciudad encuentre su manera de servir. Que cada gesto, por pequeño que parezca, se convierta en un vagón más del gran ferrocarril de la esperanza que hoy necesita Venezuela. Porque, al final, la mayor riqueza de una nación nunca ha sido únicamente el café, el cacao o el petróleo.
La mayor riqueza siempre ha sido su
gente y la capacidad de los seres humanos de tender la mano cuando otro ser
humano la necesita. Ese es el patrimonio más valioso de la humanidad.

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